La enfermedad inflamatoria intestinal (EII) abarca principalmente dos condiciones: la enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa. Ambas son consideradas enfermedades catastróficas debido a la severidad que pueden alcanzar y los altos costos que implican para su seguimiento y tratamiento adecuado.
La doctora Ivelisse Liliana Jiménez, gastroenteróloga internista de los Centros de Diagnóstico, Medicina Avanzada y de Conferencias Médicas y Telemedicina (Cedimat), recomienda vigilar la presencia de sangrado en las deposiciones, dolor abdominal de fuerte intensidad que puede despertar por la noche, especialmente en el lado inferior derecho o izquierdo, acompañado de evacuaciones diarreicas frecuentes que se prolonguen por más de un mes. También advierte sobre la pérdida de peso sin causa aparente y, en niños, el retraso del crecimiento.
Estos síntomas pueden tener importantes implicaciones psicosociales, llevando a los pacientes a limitar sus actividades cotidianas y afectando su calidad de vida en general.
En cuanto a los pacientes más afectados, estas enfermedades tienden a presentarse en personas jóvenes, y los niños y adolescentes que desarrollan EII suelen tener una enfermedad más extensa. Se considera que existe un pico bimodal, ya que después de los 60 años pueden aparecer, generalmente de forma menos agresiva; sin embargo, al ser poblaciones con mayor uso de múltiples medicamentos y con otras condiciones, especialmente cardiovasculares, el tratamiento puede ser más complejo y requerir mayor vigilancia.
En una persona genéticamente predispuesta no hay una causa específica que desencadene la enfermedad. Los pacientes presentan una respuesta exagerada del sistema inmunológico que contribuye a perpetuar el daño intestinal. Se han identificado factores como el uso de antibióticos a temprana edad, partos por cesárea, infecciones intestinales recurrentes, tabaquismo y consumo de alimentos ultraprocesados y ultracongelados como principales desencadenantes.
Estas enfermedades pueden afectar otros órganos fuera del intestino, ya que se consideran patologías sistémicas. En un 30 % de los casos puede haber compromiso de uno o varios órganos, principalmente a nivel articular, cutáneo, hepático e incluso ocular, por lo que deben manejarse de forma interdisciplinaria con reumatólogos, dermatólogos, nutricionistas, cirujanos y otras especialidades.
El seguimiento de estas enfermedades es responsabilidad principal del gastroenterólogo y no se basa solo en la presencia o ausencia de síntomas, sino que requiere exámenes médicos continuos, tanto de laboratorio como de imágenes, para determinar si la enfermedad está en brote o en remisión. La colonoscopia es la prueba de oro para el diagnóstico y seguimiento a largo plazo, dado que estas enfermedades aumentan el riesgo de cáncer de colon en comparación con la población general, requiriendo seguimiento anual tras los primeros diez años del diagnóstico.
En cuanto a la cura definitiva, aunque son enfermedades complejas, con un diagnóstico temprano y seguimiento estrecho se pueden controlar. El tratamiento va desde medicamentos que reducen la inflamación intestinal en casos leves hasta fármacos biológicos que modifican efectivamente el grado de afección intestinal y extraintestinal, reduciendo hospitalizaciones, cirugías y discapacidad, y cambiando la historia natural de la enfermedad.
En América Latina se observa una aceleración de la incidencia, con un rápido aumento de casos, vinculado a dietas occidentales, menor actividad física y estrés. Las deficiencias en diagnóstico, tratamiento y acceso a la atención médica agravan la situación, por lo que se requiere más investigación local y políticas de salud.




